𝙴𝚕 𝙳𝚎𝚕𝚊𝚗𝚝𝚊𝚕[𝙲𝚄𝙴𝙽𝚃𝙾]|𝙵𝙸𝙲𝙲𝙸Ó𝙽 (𝙴𝚂𝙿-𝙴𝙽𝙶)


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Después que murió la abuela y su hermana le envió aquella carta, Rubén dejó atrás la fría Pensilvania y voló a La Habana. La carta decía: "Ven. Hay cosas". Nada más. Así era la tía, mujer de frases cortadas y largos silencios.

La casa estaba igual.

El olor a humedad de siempre, el zaguán con las baldosas flojas, el patio donde la abuela colgaba la ropa cada miércoles. Sobre la mesa de la cocina, doblado con prolijidad, estaba el delantal. Manchas de mermelada en el bolsillo izquierdo. Un desgaste en el borde, justo donde ella apoyaba las manos para mirar por la ventana.

—Tu abuela quería que lo tuvieras —dijo la tía desde la puerta.

Rubén no respondió. Tocó la tela. Por la ventana se veía el fondo del patio, más allá el río que la abuela miraba cada tarde como si esperara algo. O a alguien.

—Ella no cosía sólo ropa —dijo la tía.

Se sentó. Encendió un cigarrillo. El humo llenó la cocina, se mezcló con el olor a guardado, a años, a mermelada fermentada en frascos que nadie iba a abrir ya.

—En el dobladillo —dijo—. Cosió cosas. Durante años.

Rubén sintió el estómago apretado. Recordó las fiestas de cosecha, cuando bajaban al malecón y la abuela preparaba panes con puré de tomate y lechugas. Recordó los veranos de niño, cuando pescaban juntos en el río, los peces saltando, ella riendo con una risa tímida. Inolvidable.

—¿Qué cosas?

—Cartas. Un hombre. Un escándalo, Rubén.

La tía habló despacio. El hombre era italiano. Había llegado en un barco, se alojó en el Hotel Nacional. Ella trabajaba en la cocina. Él bajaba a desayunar y se quedaba mirándola. Después hubo tardes en la pieza del hotel, con la cortina corrida y el ruido de los taxi afuera, en la rambla.

—Era casado. Allá, en Italia. Tenía una numerosa familia, esposa, hijos, tierras. Prometió volver. Mandó cartas durante un tiempo. Después, nada.

La ruptura fue silenciosa. Nadie supo, o todos fingieron no saber. La abuela dejó el hotel, se casó con el abuelo, tuvo hijos. Pero guardó las cartas. Las cosió en el dobladillo del delantal, junto con una foto pequeña, el hombre sonreía apoyado en un taxi antiguo, el mar de fondo.

—Eso no es todo —dijo la tía.

Rubén la miró.

—Tu madre fue hija de ese hombre. No del abuelo.

El silencio creció. Afuera, el río seguía su curso, los peces bajaban hacia el mar, las horas pasaban como pasan los años en las familias: pesados, callados, llenos de cosas que no se dicen.

—Por eso se fue —dijo la tía—. Tu madre se fue tan lejos. No era de aquí. Algo sabía, algo olía, y se fue.

Rubén descosió el dobladillo esa noche, y ncontró las cartas, atadas con un hilo. La foto y un nombre: Alessandro. Una dirección en Génova que ya no existía, borrada por los años y las bombas de otra guerra.

Guardó todo. Se llevó el delantal a Pensilvania. Lo colgó en la pared del living, donde no molesta, donde a veces lo mira. Ya no huele a mermelada, ni a puré de tomate, ni a las fiestas del malecón. Huele a casa vacía, a río que pasa, a años que se llevaron todo menos esto: un delantal, unas cartas, un nombre.

Alessandro.

A veces Rubén dice el nombre en voz alta, solo para oírlo. Como quien tira una piedra al río y espera, sin esperar, que los peces contesten.

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CREDITOS

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𝚃𝚑𝚎 𝙰𝚙𝚛𝚘𝚗[𝚂𝙷𝙾𝚁𝚃 𝚂𝚃𝙾𝚁𝚈]|𝙵𝙸𝙲𝚃𝙸𝙾𝙽 (𝙴𝚂𝙿-𝙴𝙽𝙶)


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After his grandmother died and his sister sent him that letter, Rubén left behind the cold of Pennsylvania and flew to Havana. The letter said: "Come. There are things." Nothing more. That was his aunt, a woman of clipped sentences and long silences.

The house was the same.

The familiar musty smell, the entryway with its loose tiles, the patio where Grandma hung the laundry every Wednesday. On the kitchen table, neatly folded, lay the apron. Jam stains on the left pocket. A wear mark on the hem, right where she rested her hands to look out the window.

"Your grandmother wanted you to have it," Auntie said from the doorway.

Rubén didn't answer. He touched the fabric. Through the window, he could see the back of the patio, beyond it the river that Grandma gazed at every afternoon as if waiting for something. Or someone.

"She didn't just sew clothes," Auntie said.

She sat down. She lit a cigarette. The smoke filled the kitchen, mingling with the smell of things stored away, of years, of jam fermenting in jars that no one would ever open again.

"In the hem," she said. "She sewed things. For years."

Rubén felt his stomach clench. He remembered the harvest festivals, when they would go down to the riverfront and his grandmother would prepare bread with tomato puree and lettuce. He remembered his childhood summers, when they would fish together in the river, the fish jumping, her laughing shyly. Unforgettable.

"What things?"

"Letters. A man. A scandal, Rubén."

His aunt spoke slowly. The man was Italian. He had arrived by ship and stayed at the Hotel Nacional. She worked in the kitchen. He would come down for breakfast and stand watching her. Later, there were afternoons in the hotel room, with the curtain drawn and the sound of taxis outside, on the waterfront promenade.

"He was married. Back in Italy. He had a large family: a wife, children, land. He promised to return. He sent letters for a while. Then, nothing."

The breakup was silent. No one knew, or everyone pretended not to know. His grandmother left the hotel, married his grandfather, and had children. But he kept the letters. He sewed them into the hem of his apron, along with a small photograph: the man was smiling, leaning against an old taxi, the sea in the background.

"That's not all," his aunt said.

Rubén looked at her.

"Your mother was that man's daughter. Not your grandfather's."

The silence grew. Outside, the river continued its course, the fish swam downstream to the sea, the hours passed like years pass in families: heavy, quiet, full of unspoken things.

"That's why she left," his aunt said. "Your mother went so far away. She wasn't from here. She knew something, she sensed something, and she left."

That night, Rubén unstitched the hem and found the letters, tied with a thread. The photograph and a name: Alessandro. An address in Genoa that no longer existed, erased by the years and the bombs of another war.

He kept everything. He took the apron with him to Pennsylvania. He hung it on the living room wall, where it wouldn't be in the way, where he sometimes looked at it. It no longer smells of jam, or tomato puree, or the boardwalk parties. It smells of an empty house, of a flowing river, of years that took everything but this: an apron, some letters, a name.

Alessandro.

Sometimes Rubén says the name aloud, just to hear it. Like someone who throws a stone into the river and waits, without expecting, for the fish to answer.

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© Original content in Spanish, translated into English by Google Translate

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Tu relato aprieta el alma. Nos traen el sabor de las despedidas y ese olor a mermelada de la niñez. Las mano de la abuela y esa sonrisa inocente que fuimos perdiendo con los años. Gracias por escribir con tan buena tinta. Abrazos.

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Que revelación! Ruben tiene sangre italiana en sus venas. A pesar de haber pasado tanto tiempo, el nombre de Alessandro sigue siendo intachable. Quizás la abuela quería que Ruben lo tuviera en cuenta para no llevárselo a la tumba.

Creo que es la primera vez que te leo @marabuzal, me has dejado sorprendido, espero que muy pronto lo vuelvas a hacer.

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Saludos @neothoper
Bienvenido a este blog.
Agradezco de su comentario.
Sus palabras desde la sinceridad demuestran la valía de esta plataforma.
Ojalá regrese! ✍️

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Cordialmente

El equipo de CHESS BROTHERS

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Escalofriante, de qué otra manera pudiera calificarse una historia donde se revela una crisis de identidad hasta entonces desconocida: un nieto que descubre que su abuelo no fue el cubano que siempre creyó, sino fruto de una relación fugaz de su abuela con un italiano llamado Alessandro. El verdadero abuelo biológico desapareció sin dejar rastro, y sólo las cartas cosidas en el dobladillo del delantal guardaron la memoria de aquel amor perdido en las nieblas del tiempo. La procesión va por dentro, en la psiquis del nieto que se enfrenta a su identidad verdadera, y en este sentido la narración es un iceberg: lo visible es apenas la punta, mientras debajo se agitan silencios, ausencias y revelaciones.

Este cuento dialoga con "Pedro Páramo" de Juan Rulfo y "La casa de los espíritus" de Isabel Allende, pues comparte con ellos la capacidad de convertir los secretos familiares en alta literatura, donde lo íntimo se vuelve universal y lo oculto se convierte en destino. Que esta obra se encuentre en la Blockchain de Hive es una razón más para aplaudir efusivamente y esperar nuevas propuestas: para los escépticos, aquí está la prueba de que nuestro ecosistema tiene un futuro promisorio, capaz de albergar literatura de la más alta calidad y que potenciales llegarán hasta aquí para continuar crecimiento material y espiritualmente.

Mi querido amigo @marabuzal, lo que has creado con tu cuento "El delantal" merece celebrarse como parte de esa tradición literaria que nos recuerda que la identidad, la memoria y el silencio son fuerzas que nunca dejan de interpelarnos. Gracias Gracias Gracias!!!

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Eres gratamente amable amigo @psicologopoeta
Te agradezco mucho tus palabras. En nombre de la escritura y sus caminos, sus solares y esencial vehículo de redención.
Abrazos

@topcomment

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To find out about your past in this way is not easy at all, especially knowing that you can’t change anything.
It was an excellent, unexpected blow — striking him at the moment he least expected it, as if everything hadn’t already been complicated enough.
We are all hostages to certain deeds of our ancestors in the past.
An excellent story! Bravo!

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