Cuento de terror - Las hermanas Valerius //Horror story - The Valerius Sisters

Saludos mis amores, Dios los bendiga hoy y siempre, acá les dejo el día de hoy una historia creada por mi, que incluye suspenso, terror y sobretodo mucha imaginación, espero que les guste.

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Las hermanas Valerius

El pueblo de Valdez no figuraba en los mapas modernos, pero en los círculos de la alta sociedad era un secreto a voces, su fama se debía a que allí, tras las rejas de hierro forjado de la Mansión de los Valerius, habitaban las hermanas: Anastasia y Matilde, no eran solo mujeres; eran espejismos de carne y hueso, eran la perfección hechas mujer, de piel de porcelana y de belleza sin igual.

Anastasia tenía el cabello del color del trigo bajo la luna y una voz que recordaba al roce de la seda sobre el mármol y Matilde, la menor, poseía ojos de un violeta antinatural y una risa que prometía paraísos que ningún hombre había osado imaginar, juntas formaban un imán para los hombres más poderosos del continente, banqueros, príncipes herederos y magnates de la tecnología llegaban hasta Valdez buscando el trofeo máximo, sin saber que el trofeo, en realidad, eran ellos.

Julián Vargas era el último en la lista, joven, obscenamente rico y poseedor de una belleza que rozaba lo escultural, Julián creía que el mundo estaba a sus pies, que lo merecía todo, así que cuando recibió la invitación lacrada en negro, no dudó en asistir a aquella invitación hecha por las hermanas, al llegar cruzó el umbral de la mansión con la arrogancia de quien se sabe deseado.

—Bienvenido, Julián —susurró Anastasia, deslizándose por la escalinata principal, su vestido esmeralda parecía vibrar con cada paso que daba. Mi hermana y yo hemos estado esperando a alguien con tu apetito por la vida, eres bienvenido a permanecer en nuestra casa el tiempo que desees, aquellas palabras envolvían el más terrible de los secretos.

Durante las primeras semanas, el romance de este trío, fue un torbellino de excesos, Julián vivía en una neblina de vino añejo, perfumes exóticos y las atenciones constantes de las dos hermanas, sin embargo, no todo era placer, Julián había notado que durante la cena había una extraña costumbre, en donde las hermanas nunca comían carne, solo ingerían flores, unas bien raras y un caldo espeso y amargo que olía a tierra mojada.

¿Por qué no pruebas este faisán?, preguntó Julián una noche, extrañado, ​Matilde le acarició la mejilla con dedos gélidos, Oh, Julián nosotras nos nutrimos de la belleza, la carne, la carne es para quienes no saben lo que valen.

Una noche, durante un brindis con un licor de color cobrizo que Anastasia llamó "El Elixir del Amante Eterno", Julián sintió un hambre voraz, pero no era el hambre común que se sacia con pan o fruta, no, era un vacío negro en la boca del estómago, un agujero que reclamaba algo esencial.

​Esa misma noche, mientras se miraba en el espejo del lujoso baño de su habitación, notó algo extraño, el pequeño lunar que tenía en su hombro derecho había desaparecido, dejando en su lugar una piel tan lisa que parecía porcelana. Al tocarla, no sintió dolor, sino un placer eléctrico que le recorrió la espina dorsal.

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​¿Qué me pasa?, se preguntó, pero incluso su propia voz le sonó deliciosa, como una melodía que deseaba atrapar, bajó al comedor, donde Anastasia y Matilde lo esperaban sentadas en la penumbra, ¿Tienes hambre, verdad, amor mío? —dijo Matilde, mucha, respondió él, temblando, es el hechizo del Autofagos, explicó Anastasia con una calma aterradora, Los hombres como tú son tan perfectos, tan llenos de sí mismos, que el mundo exterior no puede ofrecerles nada que esté a su altura, solo tú eres digno de ti mismo.

Pasó una semana, y Julián ya no salía de su habitación, el espejo se había convertido en su altar, mientras el hambre era insoportable, y cada vez que intentaba morder una manzana o un trozo de carne servido por los criados silenciosos, el sabor le producía náuseas, solo el aroma de su propia piel le resultaba apetecible.

El primer bocado fue accidental, sucedió aquella noche, cuando se había cortado el dedo con un abrecartas de plata, y al lamer la herida, el sabor no fue a hierro, sino a ambrosía, fue el éxtasis más puro que jamás había experimentado, dejando así abierta la caja de Pandora.

Desde un rincon de la habitación, las hermanas observaban, no intervenía, el hechizo no las obligaba a ellas a hacer nada; era la propia vanidad y el deseo del hombre lo que activaba la maldición, el licor que le habían dado actuaba como un catalizador que transformaba la percepción sensorial, el sujeto dejaba de verse como un ser humano para verse como un banquete divino.

¡Mira su brazo!, susurró Anastasia tras la puerta entreabierta, ya ha comenzado con el antebrazo, es un espécimen magnífico, durará más que el duque de Ferrer, comentaron casi a modo de burlas las hermanas.

En un momento de lucidez, Julián logró arrastrarse hasta un armario empotrado que estaba cerrado con llave, en su delirio de hambre, pensó que quizás allí encontraría comida real, desesperado, rompió la madera con una fuerza nacida de la desesperación, lo que encontró no fue comida, eran relojes de oro, gemelos de diamante, carteras, y montones de ropa de diseñador, pero lo más aterrador eran los diarios.

Sin pensarlo abrió uno y en una de sus páginas decía: Día 40: Ya no me quedan dedos en la mano izquierda, el dolor es inexistente, solo siento una plenitud que me hace llorar de alegría, soy delicioso, soy lo único que necesito,rezaba una entrada de un tal Lord Harrington.

Julián comprendió entonces la desaparición de los hombres ricos de los que se hablaba en el pueblo, no huían, no eran asesinados, eran consumidos por su propio ego, transformados en hambre física por la magia negra de las Valerius. Las hermanas se quedaban con las fortunas, las joyas y los secretos, mientras el "amante" se desvanecía en su propio estómago.

Para la tercera semana, Julián apenas podía caminar, el hechizo había progresado, sus piernas estaban llenas de jirones que él mismo se había arrancado en estado de trance, lo más espantoso era que no había sangre en el suelo, el hechizo sellaba las heridas al instante, manteniendo al sujeto vivo y consciente hasta que no quedaba nada más que el torso y la cabeza.

Una tarde, ​Matilde entró en la habitación con un espejo de cuerpo entero, Mírate, Julián, estás llegando a la perfección, estás eliminando lo innecesario, ¡Ayúdenme!, trató de gritar él pobre Julián, pero sus cuerdas vocales también eran una tentación y no le respondía, ¿Por qué querríamos detener al arte?, dijo Matilde, acercándose para recoger un reloj de platino que Julián ya no podía usar, eres el hombre más hermoso que hemos tenido, tu sabor debe ser celestial.

Julián se vio en el espejo, su rostro seguía siendo perfecto, pero debajo del cuello, era una ruina de carne consumida por él mismo, sus manos, o lo que quedaba de ellas, se movían involuntariamente hacia sus propios hombros, el hambre era un rugido constante en sus oídos, pronto, dijo Matilde, besando su frente fría, serás solo un recuerdo y un diamante más en nuestro joyero.

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Meses después, la Mansión de los Valerius volvió a abrir sus puertas para una fiesta de gala, Anastasia y Matilde lucían más jóvenes y radiantes que nunca, Anastasia llevaba un collar de zafiros que pertenecía a la familia de una de sus víctimas.

Un nuevo invitado llegó al lugar, un joven Duque, cruzó el umbral, era alto, rubio y poseía una sonrisa que iluminaba la estancia, ¡bienvenido!, dijo Matilde, ofreciéndole una copa de licor, si, era el cobrizo, tenemos un apetito especial por conocerte. Mientras ​tanto en la habitación de arriba donde permaneció Julián, el vacío era absoluto, no quedaba ni una mancha de sangre, ni un hueso, ni un rastro de Julián Varga, el hechizo del Autofagos era perfecto, cuando la víctima terminaba consigo misma, el resto se desvanecía en el aire, dejando solo las pertenencias materiales.

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Las hermanas Valerius brindaron, la belleza era efímera, la riqueza era necesaria, pero el espectáculo de un hombre devorado por su propia perfección, eso era para ellas, lo único que hacía que la eternidad valiera la pena.

El nuevo invitado, el Duque llamado Jimmy Vance, no era como los demás, bajo su apariencia de hombre rudo y adinerado, escondía una mente forjada en la supervivencia y una voluntad de hierro, sin embargo, ni siquiera él fue inmune al primer contacto del "Elixir del Amante Eterno", quedándose en aquella casa.

A la segunda semana, Jimmy estaba dispuesto a descubrir que aconteció en aquel lugar, Pero sintió el llamado, el hambre comenzó como un susurro en su nuca, una punzada de placer cada vez que sus propios dientes rozaron accidentalmente su labio. Pero Jimmy tenía una peculiaridad, era diabético, su estricto control sobre lo que entraba en su cuerpo y su constante monitoreo de su propia sangre le dieron una ventaja que las hermanas no previeron.

Una noche, mientras Jimmy se encontraba en su habitación luchando contra el impulso de morderse el antebrazo, sacó su kit de medición de glucosa, al pincharse el dedo, el aroma de su sangre lo golpeó como un mazo de éxtasis, sus pupilas se dilataron y su mano, de forma casi autónoma, se dirigió a su boca.

​—¡No!... gruñó, golpeando su mano contra la mesa de roble, esto no es mío, esto es veneno, por alguna razón el entendimiento de Jimmy sobrepasaba la magia del hechizo.

Jimmy se dio cuenta de que el hambre no nacía de su estómago, sino de su mente, descifró que algo distorsionaba su percepción, haciéndole creer que su propio cuerpo era el único alimento puro, recordó las historias de los antiguos pioneros en el desierto, cuando la sed te vuelve loco, empiezas a ver espejismos de agua donde solo hay arena él era su propio espejismo. Jimmy comprendió que para romper lo que sentía, los impulsos de placer y vanidad, necesitaba su opuesto: el dolor real y la repulsión.

Se arrastró hasta la chimenea de la habitación y con un atizador de hierro al rojo vivo, sin dudarlo, se marcó el muslo, el dolor fue una explosión de realidad que rasgó la niebla dorada del hechizo, por un segundo, el aroma de su carne quemada no le pareció ambrosía, sino lo que era piel chamuscada y agonía, Si quieren belleza, jadeó Jimmy, sudando frío, les voy a dar una cicatriz que no podrán digerir.

Esa noche, cuando Matilde entró en la habitación para observar el progreso de su "platillo", se horrorizó, en lugar de encontrar a un hombre entregado al éxtasis de devorarse a sí mismo, encontró a Jimmy cubierto de vendajes sucios, oliendo a azufre y metal, con el rostro desencajado por el dolor autoinfligido.

¿Qué has hecho?, grito Matilde, ¡Has arruinado la pureza del sacrificio! Jimmy sabía que no tenía mucho tiempo, el hambre seguía ahí, agazapada, esperando a que el dolor disminuyera para volver a atacar, se lanzó contra Matilde, cuya fuerza era sobrenatural pero cuya estructura era frágil como el cristal, la derribó y corrió hacia el pasillo secreto que había descubierto tras el armario de las pertenencias de los desaparecidos.

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Mientras huía, escuchó el grito de Anastasia, un sonido agudo que hizo vibrar las paredes de la mansión: ¡Nadie se va de aquí sin pagar el precio, Jimmy! ¡Si no te comes a ti mismo, la mansión te devorará! ​Las paredes de la casa comenzaron a cerrarse, el suelo se volvió blando, como si la madera se transformara en lengua y encía. Jimmy llegó al gran salón principal, Anastasia estaba allí, con su vestido esmeralda rasgado, revelando que bajo su piel perfecta no había órganos, sino un vacío negro que succionaba la luz. ​Jimmy sacó un encendedor de plata y un pequeño frasco de alcohol puro que llevaba para desinfectar sus heridas.

Ustedes no son diosas, dijo, lanzando el frasco contra las cortinas de terciopelo y prendiendo fuego al salón, solo son parásitos que no pueden alimentarse de nada que no sea perfecto, pues miren esto.

Jimmy se cortó la palma de la mano y dejó caer la sangre sobre las llamas, el hechizo, al entrar en contacto con el fuego y la impureza del dolor de este, hizo que comenzara a colapsar, la mansión, que era una extensión del poder de las hermanas, y esta empezó a desmoronarse.

Las hermanas Valerius gritaron mientras su belleza se marchitaba en segundos, sus rostros se hundieron, sus cabellos se volvieron ceniza y su piel se tornó grisácea y quebradiza como el papel viejo, sin la "perfección" de sus víctimas para sostener el hechizo, ellas eran solo cadáveres antiguos mantenidos por un truco de luz.

Jimmy Vance salió de la mansión justo antes de que el techo se desplomara. Cayó en el jardín, respirando el aire frío de la noche, por primera vez en semanas, el hambre desapareció, se miró las manos, estaban llenas de cicatrices y quemaduras, pero eran suyas, ya no se veía a sí mismo como un banquete, sino como un hombre que había sobrevivido al infierno.

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​Valdez nunca volvió a ser la misma, las ruinas de la Mansión de las Valerius quedaron como un recordatorio de que la vanidad extrema es la forma más rápida de consumirse, por otro lado Jimmy regresó a su hogar, pero nunca más volvió a mirarse en un espejo, sabía que, en algún rincón oscuro de su mente, el recuerdo de aquel sabor celestial seguía esperandole, y que la verdadera lucha no era contra las hermanas, sino contra su mismo y el deseo de ser demasiado perfecto.

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Me encanto tu historia @mayifiestas. Pudiera decir que la devoré de un solo bocado. El terror que le diste mantuvo el suspenso hasta el final. Muy buen argumento y excelente final.
Gracias por compartirla.

Saludos y bendiciones ✨️

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Me alegra saber que te gustó, definitivamente este es el género que más me gusta, en estos días tan difíciles que estoy viviendo, la escritura me ayuda mucho a drenar la ansiedad. Gracias por el apoyo

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Me alegra que la escritura te ayude, es un buen bálsamo. Que todo vaya mejorando. Un abrazo 🙏

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