"Acerca de la Terapia de Toque y otras reflexiones" (In English too]

Saludos, querida comunidad de Green Zone. Hoy, mientras repasaba recuerdos de mis años de estudiante de Ciencias Médicas, volvió a mi memoria un episodio singular: la visita de una delegación europea que practicaba la llamada Terapia de Toque. Aquella experiencia me marcó, no tanto por la técnica en sí, sino por la lección que dejó en mí sobre la importancia de mantener la mente abierta.

En el ámbito académico, esta práctica ha sido catalogada muchas veces como pseudociencia. Y es cierto que la medicina convencional exige mecanismos claros y evidencia sólida para aceptar una terapia. Sin embargo, también recuerdo que algunos estudios controlados mostraban resultados que, aunque modestos, invitaban a la reflexión. Lo que más me impresionó no fue la discusión científica, sino la reacción de mis compañeros y profesores: algunos se mostraban escépticos, otros curiosos, y unos pocos, francamente fascinados. Esa diversidad de miradas me enseñó que la ciencia no avanza en un terreno uniforme, sino en medio de debates, dudas y preguntas.

La historia me ha confirmado esa idea una y otra vez. Pienso en Semmelweis y su defensa de la antisepsia, ridiculizada en su tiempo, o en Jenner y la vacunación, recibida con desconfianza. Hoy son pilares indiscutibles. ¿Quién puede asegurar que prácticas como la Terapia de Toque no encontrarán algún día un fundamento que hoy se nos escapa? No se trata de aceptar todo sin crítica, sino de reconocer que lo que hoy no entendemos puede ser mañana parte de nuestro conocimiento.

En Cuba, además, la religiosidad popular nos ofrece un espejo interesante. El santiguar, tan presente en nuestra cultura, guarda resonancias con estas ideas de redistribución de energías, de aura, de campos invisibles. No importa si lo llamamos Reiki, imposición de manos o Terapia de Toque: en todos los casos lo que está en juego es la búsqueda de alivio, de sentido y de esperanza. Como psiquiatra, he visto pacientes que encuentran paz en estas prácticas, aunque no tengan respaldo académico. Y esa paz, ese espacio de fe y conexión, también forma parte de la salud.

Después de 25 años de ejercicio profesional, he aprendido que el ser humano no puede reducirse a lo biológico. Somos cuerpo, mente, sociedad y espíritu. La ciencia, con toda su exigencia de rigor, debe reconocer esa complejidad. No basta con medir síntomas o aplicar protocolos; hay que escuchar lo que el paciente siente, lo que cree, lo que espera. A veces, lo que la ciencia no explica es precisamente lo que sostiene la esperanza de alguien.

Por eso, cuando recuerdo aquella visita en mis años de estudiante, no la veo como un episodio aislado. La interpreto como una lección que me acompaña hasta hoy: la necesidad de observar sin prejuicios, de escuchar incluso lo que parece extraño, de aprender de aquello que todavía no tiene explicación. La verdadera vocación científica no consiste en imponer certezas, sino en mantener viva la curiosidad y el respeto por lo desconocido.

En definitiva, entre la ciencia y lo sagrado existe un espacio fértil de diálogo. No es un terreno fácil, porque exige rigor y humildad al mismo tiempo. Pero creo que allí, en esa frontera, se encuentra una de las claves para comprender mejor al ser humano. Y si algo me ha enseñado mi práctica médica y mi historia personal, es que la curiosidad y la apertura son las mejores herramientas para seguir creciendo.
Texto de mi autoría. Derechos reservados (DR).
Imágenes del archivo libre de Pixabay.

English Version
"About Touch Therapy and Other Reflections"

Greetings, dear Green Zone community. Today, as I was revisiting memories from my years as a medical student, a singular episode came back to me: the visit of a European delegation that practiced what they called Touch Therapy. That experience left a mark on me—not so much because of the technique itself, but because of the lesson it carried about the importance of keeping an open mind.

In the academic world, this practice has often been labeled pseudoscience. And it’s true that conventional medicine demands clear mechanisms and solid evidence before accepting a therapy. Still, I also remember that some controlled studies showed results that, while modest, were enough to spark reflection. What struck me most wasn’t the scientific debate, but the reactions of my classmates and professors: some skeptical, others curious, and a few genuinely fascinated. That diversity of perspectives taught me that science doesn’t move forward on a flat road—it advances through debates, doubts, and questions.

History has confirmed that idea time and again. I think of Semmelweis and his defense of antisepsis, mocked in his day, or Jenner and vaccination, received with suspicion. Today they’re unquestionable pillars. Who can say that practices like Touch Therapy won’t someday find a foundation we can’t yet see? It’s not about accepting everything uncritically, but about recognizing that what we don’t understand today might become part of tomorrow’s knowledge.

In Cuba, popular religiosity offers us an interesting mirror. The act of santiguar, so present in our culture, resonates with these notions of energy redistribution, aura, invisible fields. Whether we call it Reiki, laying on of hands, or Touch Therapy, what’s really at stake is the search for relief, meaning, and hope. As a psychiatrist, I’ve seen patients find peace in these practices, even without academic backing. And that peace—that space of faith and connection—is also part of health.

After 25 years of professional practice, I’ve learned that the human being cannot be reduced to biology alone. We are body, mind, society, and spirit. Science, with all its demand for rigor, must acknowledge that complexity. It’s not enough to measure symptoms or apply protocols; we have to listen to what the patient feels, believes, and hopes for. Sometimes, what science cannot explain is exactly what sustains someone’s hope.

That’s why, when I recall that visit during my student years, I don’t see it as an isolated episode. I interpret it as a lesson that still accompanies me today: the need to observe without prejudice, to listen even to what seems strange, to learn from what has no explanation yet. True scientific vocation isn’t about imposing certainties—it’s about keeping curiosity alive and respecting the unknown.

In the end, between science and the sacred there lies a fertile space for dialogue. It’s not an easy terrain, because it demands both rigor and humility. But I believe that in that frontier lies one of the keys to better understanding the human being. And if my medical practice and personal journey have taught me anything, it’s that curiosity and openness are the best tools for growth.
Text by the author. All rights reserved (AR).
Images from the free Pixabay archive.

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